Día de conexión directa entre Pamplona
y Francia. 14 de julio. En la capital navarra resuena el «Pobre de mí» que clausura los
sanfermines. Y aquí, de vuelta al calor en la Riviera, toda Francia entona «La
Marsellesa» en memoria de la toma de la Bastilla, aquel 14 de julio de 1789 en que nació
la Revolución Francesa. Probablemente no lo sepa y tal vez ni le interese, pero
«Chente» García Acosta fundió con su triunfo en Draguignan dos efemérides de enorme
calado popular.
Si Marat, Danton o Robespierre levantasen la cabeza, mala vida les iban a dar a los
ciclistas franceses. Más de uno se hubiera apurado para salvar al resto de la guillotina.
Como todos los años el país vecino soñaba con una fiesta tricolor, pero los cohetes se
mojaron por obra y gracia de este gigantón navarro de Tafalla.
Y no fue por no intentarlo. Francia estableció comunicación directa con sus ciclistas
para honrar a sus héroes. Siete corredores galos ingresaron en la fuga de trece (Nicolas
Jalabert, Agnolutto, Heulot, Herve, Morin, Rous y Simon), un porcentaje abrumador para
aliviar el orgullo patrio. Los franceses son muy suyos para estas cosas. Y por allí se
dejó caer «Chente» García Acosta.
Ante la incomparecencia de potables favoritos del día (Laurent Jalabert, Etxebarría,
Bartoli), la reunión de trece se quedó finalmente en tres porque el séquito de
franceses no aguantó el paso por dos puertecillos de cuarta. Y allí se juntaron Chente,
Herve y Nicolas Jalabert.
García Acosta es perseverante e irreductible. El tipo de ciclista duro como el
pedernal que no conoce el desánimo. Hasta ayer era conocido por sus continuos quiero y no
puedo: segundo en una etapa del Tour 98 (Carpentras, detrás de Nardello), en la Vuelta 99
(Guadalajara, tras Mondini), en la Bicicleta Vasca 2000 (ganó Serpellini) y tercero en el
octavo viaje de este Tour (victoria de Dekker).
Chente se percató de su inmiscusión patriótica gracias a la sabiduría de
Echávarri, que le avisó con su audacia habitual -«será difícil, estás rodeado de
franceses»-. El tafallés pertenece al sector duro del Banesto, fiel al Tour y al clan
navarro del equipo. Por eso siguió sin pestañear los consejos del antiguo director
-«anima a Herve y a Nicolas»-.
Echávarri pedaleó con Chente hasta la meta de Draguignan. El recio tafallés de pocas
palabras es uno de sus preferidos por su sentido de la lealtad. Cuando García Acosta
descabalgó al pequeño Jalabert y a Herve, Echávarri le dirigió como si fuera un jinete
-«no mires para atrás»-. Chente corrigió uno de sus principales defectos y dedicó
todas sus emociones a disfrutar en los últimos dos kilómetros, cuando ya tenía tiro la
victoria.
Los franceses se sintieron ofendidos. Desde la televisión pública, Bernard Thevenet
recomendaba una fusión urgente en el grupo perseguidor (Herve, Jalabert, Trentin y
Heulot) para evitar la deshonra. Pero Chente ya había fulminado su aureola de perdedor.
Ganó por los héroes de su tierra. Y los galos, a lo suyo, a consolarse porque no podían
hacer otra cosa. «Tres franceses entre los cinco primeros de la etapa», proclamaba el
locutor de France 2. Es el tercer triunfo de los españoles en este Tour (Otxoa y la
contrarreloj por equipos del Once).
ABANDONA CASERO
Fue un día de aparente trámite para los notables del escalafón. No así
para Ángel Casero, retirado a las puertas de los Alpes. El valenciano se golpeó el
hombro en la etapa del Mont Ventoux y tenía fuertes dolores en la mano derecha. Quinto el
año pasado con el Vitalicio, Casero se despide del Tour por la puerta de atrás. También
se marcharon Peña, Bettini, Bartoli, Dufaux y Aus.
Hoy arrancan los Alpes sin la tensión propia que podría deparar la majestuosa etapa
(Allos, Vars e Izoard). La insultante hegemonía de Armstrong ha anestesiado la carrera,
excepto para los españoles, protagonistas en primera línea de este Tour.